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La vida a cuadros: perfil de un ajedrecista
Enviado en: 09-01-2014

¿Quién te hizo la vida a cuadros? Tú mismo fuiste. Un día, el ajedrez salió más allá del tablero y de las piezas. Tu afición ha causado que te insertes en una gran partida. Estás contagiado de ajedrez y el ajedrez ha contagiado toda tu realidad. Todo lo observas con ojos de ajedrecista, tu entorno se parece más y más al juego que te obsesiona. Nadie mejor que tú sabe que las complicaciones mundanas son problemas ajedrecísticos; esto te ayuda a valorar el recorrido que haces en sesenta y cuatro cuadros o en la geografía donde vives. Nadie podrá nunca describir la sensación que experimentas cuando das un jaque, amenazas una torre o haces un doblete. Es verdad, ese placer también implica el riesgo de una afrenta o incluso la derrota. Implica también la probabilidad de algún fracaso. Por ello, en cada partida aprendes algo nuevo, controlas mejor tu ejército. Te gusta diseñar planes y escapatorias; piensas cuidadosamente, uno por uno, tus desplazamientos.

Despiertas y lo primero que miras es una apertura en tu colcha cuadriculada. Sales a la calle casi siempre con tu peón de rey o peón de dama; los primeros movimientos ya los conoces de memoria. Abordas el transporte público y vas con un silencio que no es el de los otros usuarios; tu silencio es una partida mental que estás jugando contra ti mismo. De pronto, ves por la ventana del autobús y te abruma descubrirte a mitad de un embotellamiento, una partida bastante apretada –piensas– ningún jugador ha capturado alguna pieza. Volteas un poco más hacia arriba y adviertes los edificios, imaginas que están a punto de moverse en hileras o columnas; sería bueno trasladar el más alto de ellos de A8 a H8 para que tapara el sol que te está dando a la cara. Sería mejor subirte al monumento que se ve allá al fondo y, arriba de él, avanzar en “ele”, saltar cuanto objeto se interponga. Después miras a los peatones que esperan otro autobús, ellos están inmóviles, piensan tal vez en la coronación o en una típica defensa que les permita cortar camino y llegar a tiempo. En cambio tú has llegado tarde a la escuela o al trabajo; el ajedrecista debe ser un impuntual; de otra manera, cometería múltiples errores durante el juego (aunque también has aprendido a dominar el arte de las partidas rápidas, sabes ganarle al reloj cuando está a punto de ceder). 




Llega un momento del día en que te sientes aislado. ¿Hacia dónde moverte? No puedes moverte a ningún sitio. Habrás de quedarte estancado durante un par de horas en tu casilla, salón o escritorio. Después, cuando nuevamente salgas a la luz, puede llegar un tropiezo, un jaque, y otro, y otro. O tal vez no, acaso desde un principio hayas hecho grandes maniobras y ahora seas tú el que ataca, el que pone obstáculos a los que consideras enemigos. Porque así sucede siempre: vas a tener que lidiar con piezas más altas que tú, incluso algunos quizá te fastidien más de la cuenta, quieran acabar contigo a como dé lugar. Lo peor es que no desean aniquilarte sólo por maldad hacia tu persona, sino porque pretenden acabar con alguien que ellos suponen más valioso, y tú les estorbas en dicha tarea. Por fortuna, también cuentas con aliados y con un plan para evitar ser comido. Eres un ajedrecista y los problemas que se te presentan puedes resolverlos no sólo con inteligencia de aficionado, sino también con la destreza y elegancia que el ajedrez te da.

Cuando por fin tienes tiempo libre y contrincante, anularás todo lo que has vivido para, ahora sí, sólo jugar ajedrez. Sabes poner cara de ajedrecista, es algo que disfrutas. Recién comienza la partida y tú ya has fruncido el ceño, colocas tu mano en la barbilla, respiras casi imperceptiblemente, gesticulas poco. Tienes una paciencia de pescador. Aunque por fuera eres un paisaje en calma, por dentro haces y deshaces posiciones, pruebas y descartas múltiples avances, retiradas, embestidas o sorpresas. En realidad, no estás concentrado en el tablero de ajedrez, no miras el juego, sino las posibilidades del juego, lo que pudiera venir. Mueves tu brazo y tu brazo está decidido a mover una pieza; desplazas un alfil y ese movimiento es como si deslizaras el cierre de una bolsa que oculta la más valiosa de tus jugadas. O mueves un caballo y, si el ajedrez es de madera, el caballo produce un chasquido breve que el contrincante lo interpreta como la víspera de una emboscada. Cuando terminas de mover la pieza (si es que no te arrepentiste y alejaste la mano del tablero como quien se aleja de un tubo cargado de electricidad) tu mano ya no está en la barbilla, ahora  descansa cerca de tu sien. El juego se ha complicado y tu rostro adquiere mayor dureza; es como si la atención se tradujera en tensión facial. Tu angustia, poco a poco, deja de esconderse; ya no puedes fingir más parsimonia. Es imposible ocultar el padecimiento que te cuesta salir de una amenaza que no habías calculado. Te esfuerzas por resolver el nudo en el que te han metido, tu gesto denota una habilidad de matemático o una imaginación de dibujante. Pero no estás frente a una acuarela o una ecuación, sino frente a un ejército dispuesto a liquidarte. A la mitad de la guerra, tu cara es la de un alpinista que lucha en cada movimiento; sudas, sacas aire por la boca, haces muecas, tienes miedo de caer al precipicio. De repente la partida toma un giro brusco y en cuatro o cinco jugadas el rey del flanco opuesto ha sido derrocado.




Tal vez inicies otra contienda, sólo para probar que tu victoria no fue producto de la suerte sino de tu vocación y afición. O tal vez con eso has tenido suficiente para componer el día, solucionar todo aquello que te acorrala, las dificultades pendientes, la pesadumbre de la que tal vez mañana puedas aliviar intercambiando alguna pieza. Por lo pronto, estás satisfecho. Disfrutas que tu vida se sostenga en ese mundo a cuadros. Te sientes protegido, sereno, enrocado, triunfante. Descansas debajo de un tablero: tu colcha ajedrezada. ¿Duermes? No. Estás a punto de soñar y de golpe llega a tu mente un problema que no has resuelto. Un mate en tres te está matando y no has dado con la respuesta.


[Artículo escrito por: Luis Flores Romero. Twitter: @lufloro]


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